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Yiannis no puede olvidar

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Afp

HÉCTOR ESTEPA. Atenas (Elmundo.es) “Lo dejé todo atrás. Fue muy confuso, una locura”. Yiannis Laouris vivió uno de los días más difíciles de su vida hace cuatro décadas. El ahora médico y empresario grecochipriota era tan sólo un niño de 15 años el 20 de julio de 1974. Su familia residía en el norte de la isla mediterránea, pero aquel fatídico día él se encontraba de vacaciones en una playa del sur.

Las jornadas anteriores habían sido extrañas. El país había sufrido un Golpe de Estado. Los nacionalistas radicales del EOKA-B habían tomado el poder con la intención de anexionar el país a Grecia. La operación fue apoyada por la dictadura militar gobernante en Atenas.

Partidarios y detractores del golpe se enfrentaban por todo el país. La designación como presidente de un ultraderechista conocido por haber participado en actos violentos contra la minoría turcochipriota de la isla desató, el día 20, la invasión del norte de Chipre a manos del ejército turco, conocida como la ‘Operación Atila’

“Las únicas propiedades que tenía conmigo eran mi bañador y mis sandalias. El país se estaba derrumbando y no sabía dónde estaban mis padres. Podían estar muertos. Mi casa estaba había sido abandonada, pero yo me estaba divirtiendo. Era un carrusel de sensaciones encontradas. Eres un niño y de repente puedes jugar y tienes un arma con la que disparar melones o aviones”, relata Laouris.

Sus padres escaparon de los turcos en coche, casi con lo puesto: “La gente no se llevó nada porque nadie se planteaba que no volverían. Algunos hasta se marcharon en taxi”, explica el doctor, autor del libro ‘Máscaras de los Demonios’ sobre el conflicto.

A los tres días se organizó un parón en los combates para dejar paso a la diplomacia, coincidiendo con la caída de la dictadura griega. Las negociaciones fallaron y Turquía continuó su operación militar. Lograron conquistar el 37% del territorio isleño hasta el fin de los combates, dividiendo ‘de facto’ la isla en dos estados diferentes, uno grecochipriota, al sur, y uno turcochipriota, al norte, reconocido sólo por Turquía, donde se mantienen hasta 40.000 militares enviados por Ankara.

En aquellos días se llevó a cabo una limpieza étnica casi total, a través de masacres y movimientos forzados de población. Murieron entre 4.500 y 6.000 personas, contando a civiles y militares, y un millar continúa aún desaparecido.

Nada era igual en aquella nueva Chipre, ni siquiera entre personas de la misma comunidad: “tras los combates, quedé con mis amigos en Nicosia. Uno de ellos llevaba una pistola. Era pro golpe, y nosotros no. Dijo: ‘chicos, debería mataros’. Uno de mis mejores amigos decidió irse ese mismo día y nunca ha regresado al país”, relata.

Es una de las consecuencias de décadas de desconfianza. La isla fue conquistada por el imperio otomano en 1570. Reino Unido se hizo con su control a finales del siglo XIX y dirigió el enclave hasta 1960. En los últimos años ejerció la clásica estrategia de “divide y vencerás”, enfrentando a las comunidades ante la pérdida de influencia en la colonia. Poco después de la independencia comenzaron las primeras masacres de los grupos paramilitares de ambas facciones, preludio del conflicto.

Cerrar las heridas

Laouris es, 40 años después del conflicto, un ferviente defensor de la reunificación del país. Preside la organización Future Worlds Center y defiende a través de ella numerosos proyectos humanitarios y de reconciliación.

No volvió a ver a un grecochipriota hasta 1994, cuando un proyecto pionero reunió a 20 personas de cada comunidad: “Todos mis estereotipos se rompieron entonces. Un grecochipriota fue elegido, sin conocer a nadie, para dividirnos entre comunidades. Falló estrepitosamente. Puso a todos los feos del lado turcochipriota”, ironiza el activista.

Esos proyectos unidos a la apertura, en 2003, de los puntos de control de la ‘línea verde’ que separa a la isla han contribuido a derribar tabúes: “Los miembros de ambas comunidades somos gente mediterránea y hacemos las mismas cosas. Nos gusta tomar un café o una bebida en algún bar y relajarnos con una conversación. Compartimos sin mucho problema”, argumenta Vasia Markides, una grecochipriota inmersa en un proyecto bicomunal para la rehabilitación de la ciudad de Famagusta. Parte de la urbe es territorio prohibido desde el conflicto y está abandonada.

Ni siquiera la religión le separa de sus amigos: “Los turcochipriotas que conozco son más bien seculares. Quienes sí son más religiosos son los colonos que están viniendo desde Turquía”. Esos inmigrantes son una de las mayores preocupaciones de los grecochipriotas: cientos de miles de personas provenientes de Anatolia han sido enviados por Ankara al norte de Chipre.

Nadie conoce el número exacto: “Turquía busca cambiar la demografía de la isla en su propio interés. Esto tiene un efecto negativo a la hora de buscar soluciones y es un foco de tensiones para los grecochipriotas, porque les hace desconfiar de los turcos”, explica Markides.

“A los turcochipriotas originales no les gustan los turcos. Es como nosotros, queremos a los griegos, pero no que estén aquí. Siempre nos han hecho cosas malas”, subraya Laouris. “La razón de que Chipre no esté unificada ya es porque los países garantes de los acuerdos, Grecia, Turquía y el Reino Unido, no encuentran incentivo alguno en la unión”, añade el activista grecochipriota, criticando duramente la estrategia de Atenas en Chipre.

Los habitantes del sur rechazaron en 2004 el Plan Annan para reunificación de la isla a través de un referéndum. Preveía un estado similar al belga. Los turcochipriotas del norte lo habían aceptado: “la gente sintió que con ese plan Turquía no se iría de la isla. La retirada de los militares era sólo gradual”, explica el activista. El gobierno que había negociado el tratado, así como la prensa, también se mostraron a favor del “no”.

La República de Chipre, única entidad reconocida por la comunidad internacional como gobierno de toda la isla, entró en la Unión Europea, dejando fuera al norte ‘de facto’: “Debe haber un cambio social en los grecochipriotas para que voten “sí” en un referéndum. La gente debe ser capaz de reconocer el pasado doloroso y escuchar al otro para curar sus heridas, abandonar el odio y pasar página”, explica Markides.

Un gran problema, según la grecochipriota, es el sistema educativo de cada zona: “destaca las atrocidades cometidas por el otro bando, pero no las propias. Eso lleva a una radicalización juvenil”, lamenta.

Nueva ronda de negociaciones

En la parte sur de la isla sí creen que el ‘corralito’ y el rescate financiero de 2013, unido al descubrimiento de grandes reservas de gas en el sur de la isla, pueden ayudar a la reunificación. El gobierno grecochipriota pretende hacer de Chipre un nexo energético: “Ahora mucha gente está diciendo que un pacto traería inversiones y crearía empleo. Eso no se decía en 2004”, explica la economista Fiona Mullen, residente en el sur de la isla.

Una nueva ronda de charlas se abrió en febrero. Estados Unidos apoya decididamente el proyecto: Joe Biden se convirtió esta primavera en el primer vicepresidente norteamericano en pisar la isla en 50 años. Todo apunta a la creación de un estado bicomunal parecido al del Plan Annan: “todas las condiciones han madurado para una solución del problema de Chipre”, admitió el viernes el presidente grecochipriota Nikos Anastasiadis, reclamando cooperación a Turquía.

Laouris espera que sea pronto: “La generación que ha sobrevivido a la guerra está muriendo y la posibilidad de una reconciliación y perdón auténtico desapareciendo con ella. Los miedos, si no son subsanados ahora, serán heredados por generaciones venideras. Eso es lo que cultiva el odio y el nacionalismo”, teme el médico grecochipriota.

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