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Crónicas, Grecia, La crisis griega, Política, Prensa

‘Nada cambiará si no se derrama la sangre de un político’

TestigoHÉCTOR ESTEPA. Atenas (El Mundo) “¡No los escuches, ignórales, huelga general!”. Unas 30.000 personas se dirigen a la Plaza Syntagma, el centro neurálgico de Atenas, para manifestarse contra el nuevo paquete de recortes que prepara su gobierno. Allí espera un primer cordón de seguridad con alrededor de un centenar de policías antimotines.

El discurrir es tranquilo hasta que hace su ingreso a la plaza un grupo de encapuchados vestidos de negro, estilo comúnmente asociado al anarquista griego. Alguien tira la primera piedra, seguida rápidamente por una ráfaga de lanzamiento de objetos entre los que se encuentran el mármol de la plaza y botellas de agua.

La policía permanece impasible, hasta que los recipientes de plástico se convierten en cócteles molotov. Al estallar en el suelo, crean varias hileras de fuego entre los antimotines. Esentonces cuando el jefe policial decide iniciar la carga. El primer paso es despejar la plaza a base de gases lacrimógenos. Bien equipados, muchos de los manifestantes comienzan a hacer uso de sus mascarillas antialérgicas o antigás. Después de tres años de manifestaciones, están entrenados.

Sin embargo, el humo blanco resulta insoportable al cabo de un rato. Duele en la cara y en la garganta. Los enmascarados se unen entonces en la carrera de aquellos que iban con la cara desnuda, y se producen momentos de desconcierto con hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, corriendo hacia cualquier dirección.

La Cruz Roja helena atiende a los heridos en un puesto de campaña situado en el centro de la plaza finalizada la carga. La policía detiene allí mismo a uno de los sospechosos de haber iniciado los disturbios, ante los gritos de desaprobación de quienes todavía permanecen allí. “¡Estais defendiendo a quienes os están bajando el sueldo!”, grita uno de los presentes.

103 detenciones, siete arrestos, tres antimotines y un número indefinido de manifestantes heridos son las cifras finales de incidentes en los disturbios. Alejado de ellos, en plena manifestación, un portuario en paro de 65 años perteneciente al sindicato trotskista Pame se sintió indispuesto y murió de un ataque al corazón tras ser trasladado a un hospital. Una víctima indirecta de la crisis, clamaron sus compañeros.

 La rabia de una Grecia donde el 27,7% de la población vive ya por debajo del umbral de la pobreza volvió ayer a las calles de Atenas. La manifestación comenzaba de manera pacífica –nofue así finalmente por un pequeño grupo de personas- en una calurosa mañana otoñal.Había sido convocada por los dos sindicatos mayoritarios del país, Gsee y Adedy. Sin embargo, los griegos hace ya tiempo que les dieron la espalda: siguen sus convocatorias, pero no su discurso. Los mandamases de ambas agrupaciones se fueron dando cita en una tribuna lateral ante una “espectacular” audiencia de una veintena de personas, la mitad en primera fila y la otra bajo una arboleda: “Ellos están coludidos con el poder político” dice Dimitris Panagiopoulos, un ingeniero informático de 30 años en paro.

11.500 millones de euros es la cifra que sale de la boca de todos los manifestantes. Ese es el monto total en recortes que el gobierno del conservador Antonis Samaras negocia con losacreedores de Grecia, la Troika. Precisamente ayer se anunció durante la Eurocumbre de Bruselas la inminencia de un pacto final.

Algunas de las nuevas medidas, no definitivas, han sido filtradas por la prensa helena. La ampliación de la semana laboral a los seis días, el descenso de la mayoría de las pensiones y recortes en educación y sanidad, entre otras, han vuelto a encender los ánimos de los griegos: “Nos quieren quitar todo por lo que hemos luchado en los últimos 30 años” decía ayer Spyros Antoniou, el dueño de 72 años de una empresa de diseño antaño viento en popa que no recibe un encargo desde hace dos años. “Están imponiendo sueldos de Bulgaria teniendo precios de Nueva York”, añadía lastimosamente.

Según diversos indicadores, el poder adquisitivo de los griegos ha descendido alrededor de un 25% en los últimos nueve meses: “Nos están convirtiendo en un país del tercer mundo” señalaba Eleni Michaelidou, una profesora privada de inglés de 44 años que ya fía a gran parte de sus alumnos. “Hemos olvidado incluso a qué sabe el café, ahora es un lujo. Necesito a mis padres para sobrevivir, y tengo suerte porque ahorraron dinero. Nos están quitando la dignidad”, lamentaba durante la manifestación. Ella, como el 72% de los griegos, está en contra del pacto de austeridad griego, según una encuesta reciente.

“Esto se parece cada vez más a la república alemana de Weimar donde ascendió al poder Adolf Hitler” alertaba Jackie Rogers, de 58 años, una británica de nacimiento residente desde hace tres décadas en Grecia junto a su marido, Aristidis Karaminas, un año mayor. Ambos sobreviven con la pensión de 600  euros de ella, tras haber perdido Aristidis su trabajo en una empresa de aluminio hace tres años.

“Nosotros somos gente de clase media, pero eso se está perdiendo en Grecia. Los jóvenes están emigrando, principalmente a Alemania” señalaba Jackie. El país teutón es precisamente el foco de muchas de las consignas de la manifestación: “Nos estamos convirtiendo en una república bananera germana”, subrayaba Aristidis.

La misma opinión compartían ayer decenas de personas: “Hemos renunciado a nuestra soberanía por la Troika, dominada por Alemania” compartía Olga Marinopoulos, una técnica de laboratorio en paro. “Allí se dice que nos están regalando el dinero, pero no es cierto porque se están lucrando con todos los intereses”, denunciaba.

Los políticos eran otro de los objetivos de los manifestantes. El primer ministro Antonis Samaras prometió hace unos días que estos recortes serían los últimos: “no hay quien se lo crea, en diciembre dirá lo mismo”, lamentaba Jristos Loikataris, un reparador informático cuyos ingresos han descendido un 70% en un año.

Dos horas después de comenzada la marcha las autoridades contaban a unos 30.000 manifestantes. Pocos, según la mayoría de los asistentes: “muchos están mirando para otro lado”, criticaba Loikataris. “En realidad creo que esto sólo sirve para aliviarnos, ellos no van a cambiar sus políticas”, decía también el ingeniero Panagiopoulos.

“Si no se derrama la sangre de algún político, nada cambiará”, clamaba ayer iracunda una jubilada que no quiso dar su nombre. La rabia de los griegos es cada día más acusada.

 

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