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Cita con el capitán que hundió el Prestige


Mangouras
HÉCTOR ESTEPA. Atenas (Crónica) La proa de Apostolos Mangouras, el viejo lobo de mar que hace una década capitaneaba al petrolero Prestige cuando se hundió frente a las costas gallegas, emboca estos días una fecha inexcusable: el 16 de octubre. Ese día, en poco más de dos semanas, estará de cuerpo presente en Galicia para el comienzo del gran juicio de la catástrofe, aunque a él no le toca deponer ante la justicia hasta el 6 ¿o 13? de noviembre. A Coruña será su hogar durante los siete meses previstos para el proceso. Mientras aguarda el momento, la vida del capitán se ha oscurecido incluso en las tranquilas callejuelas de Karkinagri, su pueblo natal de 300 vecinos situado en la isla griega de Ikaria, donde pasa los veranos recluido en la antigua casa de su madre. Vive holgadamente, con la pensión de 6.000 euros mensuales que le paga la aseguradora de la nave, The London P&I, pero no es feliz. Ni siquiera el azul del Egeo filtrado por los resquicios de las ventanas de la vetusta residencia, situada en un promontorio en primera línea de mar, anima el espíritu del capitán a sus 78 primaveras. Casi 10 años de libertad condicionada no han pasado en balde para una persona acostumbrada a la extensión sin límites del océano: “Los continuos retrasos del juicio han tenido un gran impacto psicológico sobre él. No habla mucho y está deprimido, su vida ha sufrido un giro total y absoluto”, señala a CRÓNICA un informador de la familia de Mangouras.

Como una sombra que sólo se muestra a sus más íntimos, el capitán ha pasado este verano en Ikaria, donde puede refugiarse con su gente, aunque ya no se relaciona tanto como antes, dicen quienes le conocen. Además, no puede permanecer en la isla por mucho tiempo: cada 15 días debe pasar a fichar por una comisaría de Atenas, siempre la misma y sin falta, condición sine qua non de la justicia española para permitirle vivir en su país. “Hace tres años se sintió enfermo, recibió a un médico en su casa y no pudo ir a firmar a la comisaría. A las pocas horas de la medianoche, unos policías se presentaron en su casa para comprobar que estaba allí”, critica el familiar.

“La situación le mata a diario, lentamente, todos estamos muy preocupados por cómo va a terminar la historia, le están maltratando” dice Kostas, de 75 años, uno de los amigos más cercanos de Mangouras. “El naufragio y el proceso legal lo han cambiado mucho. Aunque no esté en la cárcel él se siente encarcelado. No hace nada, se ha convertido en un solitario, ha perdido sus costumbres, su vitalidad y siempre le acompaña la depresión”, explica el marinero.

Al capitán se le ve sonreír en contadas ocasiones y casi siempre cuando está acompañado de su nieto: “adora jugar con él”, dicen sus amigos. Su situación también afecta, señalan, a sus hijos Giannis, uno de los mandamases en una agencia de publicidad griega, y Cristiana, madre de su única alegría. Ambos han alargado sus vacaciones de verano este año para estar más cerca de su padre antes del juicio. Junto a su esposa Kiriakula, con quien vive, le liberan a ratos de su autoimpuesta soledad.

Además de sus problemas psicológicos, Mangouras, a quien todavía sus amigos de Karkinagri recuerdan de niño a los mandos del barco de pasajeros de su padre, sufre grandes problemas cardíacos después de dos bypass y una década en tensión: “No puede nadar tanto como le gustaría, ni tampoco navegar o conducir. Le tienen prohibido hacer grandes viajes, tan sólo va de Atenas a Ikaria” dice el portavoz (anónimo, esa es su exigencia) de la familia. Su gravedad es tal que ni siquiera puede exponerse al sol de Ia isla y los doctores no le permiten quedarse allí durante el invierno.

“Cuando su salud se lo permite, baja a tomar un vaso de vino y comer algo de pescado a la taberna de su amigo Caracas”, dice la misma voz familiar. “Muchas veces le acompaño” señala su amigo Kostas. “Él era una persona jovial, solíamos ir a pescar. Después íbamos juntos a bailar, él es muy diestro en la danza local”, asegura el marinero de Karkinagri. También le justa jugar Biriba, el juego de cartas local, en la taberna o en casa de algún amigo.

El mar, su gran pasión, sigue siendo su mayor escape. En la pequeña marina de Karkinagri hay dos decenas de pequeños barcos. Yorgos Kouloulias, uno de los veteranos lobos de mar, señala una pequeña barquita de remos azulada como propiedad de Mangouras.

Sin embargo, la nave más utilizada por el antiguo capitán de los súper petroleros más grandes  del planeta es el pequeño bote rojo de su hermano Kostas. Salen a navegar tan sólo para intercambiar unas palabras en la intimidad del mar: “El océano es su vida, en una ocasión pasó tres años seguidos en el agua”, señala la fuente familiar.

“También acompaña a otros pescadores en sus botes para contarles historias” dice el marinero Yorgos Kosidos, uno de sus amigos. Pocas veces pescan: Mangouras prefiere dedicarse a su gran pasión en soledad. Lo hace desde las rocas de la marina, abiertas al mar y perfectas para lanzar el anzuelo.

Ni siquiera la pesca le ha ayudado a superar el calvario de su detención por 83 días en la cárcel de Teixeiro inmediatamente después de haberse hundido el Prestige: “Nunca lo comprendió”, señala su amigo Kostas. Quienes le conocen identifican ese evento como causa de su cambio psicológico: “Nadie de su círculo cercano, ni sus hijos, pudieron verle a través de ni siquiera una ventanita. Tampoco los enviados de la embajada griega”, se queja el informante familiar. Allí volvió a fumar y comenzó a tomar antidepresivos. Tan sólo después del pago por parte de su aseguradora de 3 millones de euros de fianza fue liberado con cargos. Aún tendría que pasar dos años más recluido en Barcelona antes de autorizarse su traslado a Grecia.

Casi ocho años después, Mangouras tendrá que hacer finalmente frente a sus responsabilidades en la Audiencia Provincial de La Coruña, aunque él persista en señalar a las autoridades españolas como las causantes finales de la gran marea negra del Prestige.

Los encargados de investigar el caso en España, sin embargo, no piensan lo mismo: la Fiscalía pide un total de 12 años de cárcel para él. Siete años por un delito contra el medio ambiente y cinco por daños en espacio natural protegido. Además, se le pide el pago de una indemnización de unos 2.000 millones de euros a pagar junto a la aseguradora de la nave.

Mangouras es acusado también de daños y desobediencia a las autoridades españolas, al retrasar supuestamente el alejamiento del barco a alta mar tal y como se le requirió tras el accidente. Este extremo es negado tanto por la familia como por sus amigos en Ikaría: “Aunque él tenía más experiencia que la gente que le estaba pidiendo que alejase el barco, siempre fue muy respetuoso con las autoridades” señalan desde la familia.

Sea como fuere, el capitán también deberá responder a la pregunta del millón: ¿Por qué decidió salir a navegar en el Prestige sabiendo que el barco no cumplía las condiciones mínimas de seguridad? Según las investigaciones posteriores al accidente, el súper petrolero zarpó de San Petersburgo con el motor principal en modo de emergencia, sin remolques oportunos y sobrecargado.

Parece imposible que Mangouras no conociese las grandes debilidades del barco, reparado en los astilleros de Guanzú (China) en 2001, precisamente en la zona donde sufrió a la postre la fatal vía de agua por donde comenzó a hundirse. La empresa griega gestora de la nave, Universe Maritime habría decidido, según las investigaciones, rebajar la cantidad de acero destinada a reparar el buque. Ni esta empresa ni la propietaria del barco, la liberiana Mare Shipping, están imputadas al impedir la legislación española juzgar a personas jurídicas.

A pesar de todo, Mangouras no le guarda rencor a los dueños del Prestige: “Al contrario,  siguen siendo amigos. Muchos armadores han querido darle trabajo estos años aunque sea imposible” señala la fuente familiar.

Mangouras es relacionado también con una supuesta obstrucción durante una inspección en Dubai en mayo de 2002: habría ordenado que  “los tanques conocidamente reparados y frágiles fuesen rellenados con agua de lastre” para evitar su inspección, según la Fiscalía.

Le defenderán en el juicio prestigiosos abogados de la firma griega John Hadjis & Partners y la española Ruiz Soroa & Zabaleta: “Mangouras está con mucha moral y convencido de su inocencia” declara Yorgos Aspiotis, uno de sus abogados griegos. El grupo defensor está compuesto por cuatro juristas principales, según la firma helena.. Aspiotis explica también por qué el capitán no quiere hablar: “podría dañar la preparación de un juicio tan cercano”, dice el abogado, asegurando que el capitán les paga de su bolsillo, aunque la cifra no es “como para comprar un palacio”. Hace dos años a su grupo de letrados se le unión temporalmente el célebre jurista británico Edward Fitzgerald, cuya lista de representados incluye también al etarra Iñaki De Juana Chaos. Los letrados españoles, encabezados por el experto en asuntos marítimos José María Ruiz Soroa, se han negado a hacer declaraciones

Junto al capitán está imputado en el juicio José Luis López Sors, ex director de la Marina Mercante Española durante el último gobierno de Aznar y el principal enlace entre el Estado y el Prestige durante las horas que duró el accidente. Está acusado de “responsabilidad criminal con imprudencia grave” por el rumbo errático que siguió el buque durante seis días, extendiendo el vertido de fuel hasta Francia.

También se sentará en el banquillo el ex jefe de máquinas Argyropoulos Nikolaos, detenido por la interpol cerca de Atenas en 2011. El proceso depurará las responsabilidades del tercer accidente más costoso de la historia tras la explosión del transbordador Challenger y el desastre de Chernobyl.

Buscando a Mangouras en su isla

Probablemente alertado de la presencia de un periodista en su isla, Apostolos Mangouras se convierte en humo. Es, de repente, una sombra a la que nadie ha visto. “No está, no está”, repiten todos. Vemos su casa, asomada al mar; su barco azul en el puerto; hablamos con sus amigos y familia, pero él… “no está”. Casi diez años después del hundimiento del Prestige frente a la Costa de la Muerte gallega nombrar al capitán Apostolos Mangouras en su pueblo natal despierta miradas esquivas, silencio e incluso alguna palabra de reprobación. Sobre todo si se es de España: “Los españoles tienen la culpa de todo. No le hicieron caso a Mangouras y llevaron el barco al hundimiento”, señala Yorgos Kosidos, de 80 años, un amigo cercano del capitán.

El discurso no difiere en todo el pueblo: la decisión de las autoridades españolas de trasladar el barco “al quinto pino” –frase todavía atribuida a Francisco Álvarez Cascos, ministro de fomento de la época- fue un error y provocó el vertido de 63.000 toneladas de fuel oil.

“Mangouras está más que convencido de que la tragedia no se hubiese producido si las autoridades españolas le hubieran hecho caso y hubieran llevado el barco a puerto para descargar el petróleo allí”, subraya la fuente de su familia.

A pesar de la catástrofe, Mangouras sigue siendo un héroe en Ikaria: “Salvó a los 27 tripulantes de la nave y se quedó durante casi dos días solo en el barco, jugándose el pellejo” dice su amigo Kostas en la taberna de Karkinagri, donde el viejo tabernero Caracas gruñe cuando escucha hablar de su amigo el capitán. A él fue imposible arrancarle opinión alguna sobre el accidente del capitán. Silencio de marinero.

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