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“Hice el amor en la cama de Carlos V”

HÉCTOR ESTEPA. Madrid (Crónica / El Mundo) Es noche cerrada cuando una furgoneta abandona, despacio, las inmediaciones del santuario navarro de San Miguel de Aralar. En su interior, el frontal de esmaltes del templo, cuidadosamente sustraído por un grupo de expertos ladrones de arte. Ocurrió en 1979. El líder de aquella banda, Erik el Belga (Nivelles, 1940) ha publicado esta semana su biografía, ‘Por amor al arte’, escrita a cuatro manos con ayuda de Nuria de Madariaga, su séptima mujer, donde relata su historia como “el mayor ladrón del Siglo XX”, en palabras de la Policía española.

Erik, ahora felizmente retirado en la Costa del Sol, es conocido por haber cometido 600 robos en toda Europa. Nunca ha pedido perdón. Él, sin embargo, no se define como un ladrón, sino como un “decorador de interiores cristiano”. Su ideología es la base de su trabajo: “Iglesia somos todos, y por lo tanto todo lo que tiene la Iglesia nos pertenece a los cristianos. He visto obras muy mal conservadas que fueron restauradas cambiando de manos, si cobro es por las molestias y los gastos del trabajo de decoración”. Así defiende Erik sus hurtos.

Fervientemente religioso, seguidor del Opus Dei, asegura en su libro no haber sustraído determinadas obras de arte por revelaciones místicas: “juro por lo más sagrado que me dio la impresión de que la imagen me miraba directamente a los ojos y no me la llevé. La arpía que me la pidió no la merecía” dice acerca de un Cristo crucificado que se negó a sustraer. Incluso jura haber visto llorar a una virgen antes de volver a dejarla en su sitio por superstición.

Lo cierto es que sus relaciones con la Iglesia católica, en concreto con la española en tiempos franquistas, fue idílica. En aquella época, relata Erik en su libro, las medidas de seguridad eran escasas pero, además, la curia colaboraba en los expolios. Recuerda como un Obispo esperó 24 horas para denunciar un robo, asegurándose así que la obra sustraída saliese de España y cobrar por el favor.

Otro Obispo distinto le vendió todas las reliquias de la diócesis de Calahorra por 82 millones de pesetas: “al parecer aquella urraca se había paseado por todas las Iglesias y había arramplado con todo lo que le había apetecido, los feligreses debían estar comulgando con vasos de plástico”, relata.

El idilio de René Alphonse Ghislain Vanden Berghe, su nombre real, con el escamoteo fue precoz. A los siete años cometió su primer robo: una singular rosa negra que su madre había creado con sus dotes de jardinera. Después, el ejército, una época de mercenario en el Congo y un trabajo como anticuario que se quedó corto cuando sus clientes comenzaron a exigirle piezas únicas.

La vida de Erik ‘El Belga’ podría haber sido escrita por cualquier guionista de Hollywood. Apasionado del arte, llegó incluso a dormir con sus piezas hurtadas por hacerlas suyas por una noche: “el lujo supremo es tener una virgen que sonría y lo haga sólo por usted”, asegura en su libro.

A Erik, esas figuras de devoción incluso le han salvado la vida. Fue en Alemania. La policía disparaba contra el vehículo de su banda tras uno de los robos. Una de las balas le alcanzó el cuello. Otra se estrelló en una de las esculturas robadas cuando iba directa hacia él.

Uno de sus colegas, militares y ex mercenarios, había tiroteado en las piernas a un policía en aquella ocasión. La devoción de su banda era tal que el resto de la banda se dirigió así a quien había abierto fuego: “Sólo te digo que si a Erik le pasa algo por tu culpa te desollaremos y nos beberemos tu maldita sangre”.

Ese mismo hombre le hizo otra jugada, esta vez en Francia, cuando un robo en un templo se frustró al haber elegido el día de un entierro. Cuando estaban abandonando el lugar, Erik reparó que le habían metido el muerto en el asiento trasero del coche. Abandonaron el cadáver en el siguiente pueblo, en la parada del autobús.

Lo cierto es que el ladrón jubilado es una persona singular: “Hice el amor con mi novia sobre la cama de Carlos V” en Yuste. Acababa de sustraer su célebre Cáliz de Oro. Su banda le adora.

Erik ingresó en prisión en Soria, cuando se disponía a robar el Beato de Liébana en el Burgo de Osma. “Uno de los italianos con los que iba se lo contó todo al cura en confesión. Aquella noche infernal conseguí subirme a un camión de paja y llegar hasta El Escorial, pero me pillaron en Madrid”. Peregrinó por las Cárceles de Soria, donde fue encarcelado entre 200 etarras como preso político –la policía creía que su intención era matar a Franco-, Zaragoza y finalmente el Puerto de Santamaría, antes de ser extraditado a Francia y acusado de asesinato. De poco sirvió que le absolvieran: su padre no aguantó la tensión y se suicidó.

Erik comenzó entonces una cruzada contra los franceses, haciendo suya la frase de Schopenhauer que titula uno de los capítulos de ‘Por amor al arte’: “África tiene a los monos y Europa a los franceses”. Allí ‘restauraría’, como le gusta decir, numerosas piezas.

Fue también capturado en Alemania, cuando fue acusado de robar el retablo de Oberwesel. Erik evitó la cárcel prometiendo recuperar la pieza. Lo hizo, pero con trampa: era una copia perfecta fabricada por él mismo. Las autoridades alemanas tardaron 11 años en darse cuenta del engaño.

Sus operaciones más famosas, aparte de las ya mencionadas, son el robo de las Tablas de Berruguete y el gigantesco expolio de la Catedral de Roda de Isábena, donde se hizo con la histórica Silla de San Ramón, reliquia del Siglo IX. Sus vecinos todavía le reprochan que la hubiera roto en pedazos.

Él se defiende asegurando que fue obra de su banda, frente a la decisión de la Policía de aumentar la duración de su prisión preventiva la comisaría de Vía Layetana en Barcelona, “verdaderamente aclimatada para la tortura, donde fui salvajemente agredido”. Duró 36 meses y finalizó en 1985. Se había entregado para poner fin a su carrera. Las autoridades le liberaron a cambio de su contribución para restituir las obras perdidas. Esa es una de sus ocupaciones en su retiro en la Costa del Sol. En las 700 páginas de ‘Por amor al arte’ hay muchas historias, pero él mismo admite que si lo hubiese contado todo “hubiese tenido que escribir dos libros más”.

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